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lunes, 27 de enero de 2014

Una tela, una historia: Rocío


Rocío estaba que echaba humo. Todo el año soñando con las vacaciones. Imaginándose tumbada, relajada, en una playa paradisíaca viendo pasar chicos guapos en bañador y levantándose sólo para pasear por la orilla o para tomarse algo refrescante en algún chiringuito playero de esos de las películas, con tejados de hojas de palma. Cuando estaba aburrida en la oficina, mirando la lluvia caer al otro lado de la ventana y con ojeras de toda la semana, cerraba los ojos y casi podía sentirse descansada y morena. Se entretenía rebuscando hoteles asequibles cerca del mar.

Ahora ya estaba de vacaciones, en un hotelito cerca de la playa. O eso había reservado. Pero ¡ya! ¡Un huevo! Ya no es que no se viera el mar desde su habitación, es que tenía que caminar veinte minutos hasta llegar a la playa más cercana. Esa maravillosa idea de irse sola de vacaciones a disfrutar de la tranquilidad, dejaba de parecerle tan buena cuando tenía que cargar con sombrilla, hamaca, toalla, bolsa con cremas para el sol y demás esa distancia hasta la arena. Encima a primera hora. Porque morena sí, pero eso de levantarse sin despertador bien entrada la mañana... Si quería poder plantar su campamento en algún sitio decente, más le valía madrugar. Y aun así, los mejores sitios estaban ocupados por abueletes que por lo visto no tenían mejor manera de ocupar los años dorados de su jubilación que levantarse al alba para fastidiar a todo el mundo.

Así que madruga, llega sudorosa y cargada a la playa, elige un buen sitio, planta la sombrilla, extiende la toalla, se tumba y duerme un poco más. Pero poco. En menos de una hora la playa comienza a bullir. Para cuando quiere darse cuenta, está rodeada de familias con niños gritones, que no hacen más que tirarle arena al pasar corriendo a su lado, e incluso algún balonazo de vez en cuando.
Los paseos por la playa y al chiringuito quedan descartados desde que el primer día un amable policía municipal le informó de que no era conveniente dejar sus pertenencias sin vigilancia en la playa porque había muchos robos. Así que sólo se aleja para ir al baño cuando no le queda más remedio. Y con prisas. Y vigilando desde la cola, porque por supuesto hay cola, no sea que algún desalmado se lleve su nivea y su Cosmopolitan. Lo del chiringuito no le da tanta pena. Hay muchos donde elegir. Todos igual de cutres, con su olor a fritanga y su más que presumible tapa de salmonela.

Al quinto día se sorprende a sí misma echando de menos el aire acondicionado y la calma y el silencio de su oficina en verano. "¡El año que viene me voy a Finlandia!" decide mientras se sacude por enésima vez la arena de encima.


viernes, 24 de enero de 2014

Una tela, una historia: Raquel

Raquel estaba harta de la ciudad. Tanto ruido, tantos coches, tanta gente y tanto humo. Ella quería vivir en el campo, en una casita con un jardín lleno de rosas y un perro con el que dar largos paseos.
Así que un día se decidió. Compró una casita con jardín en un pueblecillo perdido. Hizo las maletas, sacó un perro de la perrera y se mudó al campo. 

Los primeros meses los dedicó a adecentar la casa: limpiar, lijar, barnizar. Elegir muebles y colgar cortinas. Engrasar el balancín del porche. Plantar rosales de todos los colores en el jardín y, ya que estaba, plantó también lirios, geranios y violetas.
Para cuando terminó con todo había llegado el invierno y tuvo que posponer los largos paseos con su perro Radú. Pero también la nieve tenía su encanto y disfrutó mucho tirándole bolas de nieve a Radú, que lo pasaba de lo lindo saltando y corriendo a cogerlas.

Por fin llegó la primavera. El blanco de la nieve dejó paso al verde de la hierba y las flores del jardín empezaron a desperezarse. Ilusionada, el primer sábado sin lluvia, Raquel se calzó unas botas de goma y con Radú a su vera salió a dar un primer paseo de reconocimiento.

Cinco, exactamente con cinco coches se cruzó en ese primer paseo de media hora. Cinco coches que la salpicaron de barro, la ahogaron con el humo y la obligaron a llevar a Radú atado con la correa casi todo el tiempo.
Volvió a casa algo frustrada, pero se consoló pensando que era sábado, el primer sábado de la primavera nada menos, y que esos coches serían de domingueros entusiastas que no molestarían entre semana.
El lunes lo volvió a intentar. Esta vez fueron diez los coches que se cruzaron en su camino. Ya en casa, de nuevo se consoló pensando que era día de mercado en el pueblo, y que a eso se debía tanto tráfico en una zona relativamente despoblada.

Pero fueron pasando los días y la cosa no mejoraba. Es más, tras un tiempo sin llover, los salpicones de barro fueron sustituidos por polvaredas que duraban horas suspendidas en el camino y hacían que le llorasen los ojos.

Raquel estaba triste. Había conseguido su casa en el campo, con un jardín lleno de flores. Y tenía a Radú. Pero no podía disfrutar de los largos paseos con su perro con los que había soñado por culpa de esos mismos coches por los que en gran parte había huído de la ciudad.

En eso pensaba mientras cuidaba de los rosales, arrancando las flores marchitas y podando las ramas enfermas. Estaba acariciando suavemente uno de esos rosales que formaban parte de su sueño cumplido a medias, cuando la retiró de repente soltando un gritito y se llevó un dedo a la boca. Se había pinchado con una espina del rosal. Mirando la gota de sangre que había aparecido en su dedo, tuvo una idea. Su expresión triste se transformó en una sonrisa traviesa y truinfante. Recogió los bártulos de jardinería y entró en casa.

Esa noche, después de cenar se hizo una taza de té y estuvo leyendo hasta la hora de siempre. Apagó las luces y esperó junto a la ventana a que el resto de casas del pueblo las apagaran también. Esperó nerviosa una hora más que se le hizo eterna. Y sólo entonces salió de casa, armada con una navaja bien afilada y las tijeras de podar.

A la mañana siguiente se levantó tarde. Había sido una noche agotadora. Pero estaba contenta e impaciente por disfrutar del resultado de sus esfuerzos. Se preparó para su paseo cotidiano y, mientras se alejaba, sonrió al oír las voces y gritos airados que salían de todas las casas del pueblo, lo que era raro en un lugar en el que normalmente reinaba la calma. Pero era comprensible, estaban enfadados. Alguien había rajado todas las ruedas de todos los vehículos a motor del pueblo.

Ese día el paseo de Raquel duró horas y no la molestó ningún coche.


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